20 May, 2014

La leyenda de la Tlanchana

 

tlanchana

 

Se deriva de tres voces del náhuatl: atl, agua; tonan, madre; chane, ser o espíritu mágico: Tlanchana

Iban y venían los pescadores por la laguna como sobre el seno de su propia madre. La madre ciénaga era generosa y prodigaba a sus hijos protección y sustento. Las viviendas se edificaban con pasto lacustre, planchas en forma de adobe, y había casas de tule redondo y techos de lo mismo.

Sencilla transcurría la existencia de los pobladores. Los hombres recorrían la orilla de la laguna con su bolsa de red o en sus canoas iban navegando y pescando las numerosas criaturas que tenían conversación con el agua. Las mujeres y los niños que no participaban de las labores acuáticas vendían el fruto de la pesca y los ancianos que rodeaban la ribera, mientras tejían tapetes y canastos con la planta del tule.

Algunos pescaban desde temprano y no eran pocos los que preferían la pesca nocturna. Sentado en su canoa, el pescador, alejado de la orilla, preparaba sus implementos. Pero la rutina de la pesca, como la noche y el día, se alentaba con el misterio.

A la vuelta de un canal se perfilaba la sombra de un islote, una gran piedra saliente, acaso un mogote de raíces de plantas. A través de la neblina tardía del amanecer una silueta, sobre el islote, parecía llamarlo. Era una mujer que dejaba de peinar sus largos cabellos y lo llamaba, sus senos al aire lo llamaban. El hombre miraba a la criatura cada vez más sumergido en el sueño. Un collar de flores adornaba su pecho y encima de la frente brillaba algo parecido a una corona. Los pescadores dieron en llamar a esa aparición la Tlanchana, criatura del agua, dueña y señora de la ciénaga.

La Tlanchana era la madre y creadora de todo lo que había en la laguna. Solía aparecerse como una mujer terrena, aunque en ocasiones la mitad inferior de su cuerpo se transformaba en una cola de víbora negra. La Tlanchana, si era mujer, se acicalaba y se hacía largas trenzas. Venían los pájaros a posarse en su cabeza y en sus hombros desnudos. Ella levantaba sus bazos para relevar los prodigios de la fauna acuática. De su cintura pendían sartas de peces, acociles, ranas y ahuilotes. Le decía al pescador con acento persuasivo, casi enamorado:

Quiero que te vayas a vivir conmigo al centro de la laguna. El hombre, mudo y temeroso, no atinaba a responder. La visión de aquella criatura lo encantaba y nublada su entendimiento. Finalmente, lograba dar la vuelta a su canoa y, remando a toda prisa, volvía a su morada. Sobre el islote flotaba un resplandor.

Algunos pescadores más atrevidos tenían conversación con la Tlanchana. La dueña de las aguas con harta frecuencia era buena con ellos y les proponía plácidamente:

Pasaron los tiempos. Un día llegaron al valle que circundaba la laguna cientos de hombres de ojos de color del cielo, la piel clara y el rostro cubierto de vello. Unos traían bestias colosales y hierros y otros un objeto al que llamaban “cruz”. No entendieron la historia de la diosa cuando la oyeron contar a los pobladores ribereños; les causó espanto la cola de víbora negra. Enarbolando su cruz dijeron que eso era cosa mala, relacionada con el demonio y su oscuro reino subterráneo. La actividad lacustre siguió su curso gracias a la tradición y al poderoso caudal de Las Nueve Aguas. Tampoco disminuyeron las leyendas que tejían al rededor de la Tlanchana. Pero con el transcurrir del tiempo los antiguos señores venidos de ultramar lograron introducir en los pescadores y demás pobladores la idea de que la señora del agua tenía cola de pez y no cola de serpiente. A esa criatura le llamaron “sirena”.

Vinieron las lluvias, llegaron los inviernos, los niños de entonces crecieron y se hicieron ancianos. Los ancianos se volvieron polvo. Innumerables soles cruzaron el cielo. Y bajo el cielo ya casi nadie se recordaba la criatura con cola de pez que se aparecía a los pescadores entre la neblina del amanecer. No solo eso sino que ya casi nadie sabía que en un tiempo remoto ahí, en la seca planicie, había habido veneros de agua dulce y una extensa laguna, una laguna hermosa y maternal. Sólo los alfareros proseguían con el sagrado oficio, moldeando con el barro menudas figuras que guardaban reminiscencias de la Tlanchana prodigiosa, de la criatura que había sido en la antigüedad la dueña y señora de Las Nueve aguas.

 

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